Origen del meu semantisme ?

13 ago. 2009

Crónica de un ravioli en vacaciones


Tiempo. Eso es lo que nos sobra en vacaciones y por ello prestamos atención a lo más insignificante. En éstas redescubrimos la elegancia del ravioli. Esa forma de diseño aparentemente informal que esconde la solidez, la aerodinámica y la elegancia de las rotundas formas de ayer, de hoy y de siempre. Ese ravioli que se salva de la cena y con la nueva categoría de "sobras" (léase: damnificado) pasa al nuevo estado del purgatorio-frigorífico al modo de corredor de la muerte. Esa nevera en que conviven absurdamente setas y actimeles, sardinas y gelatinas, hamburguesas y Nesteas.
Bien...no divaguemos...no desviemos la atención de nuestro pobre ravioli...que lejos de llegar a su final entre sus colegas, arropado en una tibia salsa boloñesa, ve pasar las horas en una gélida prisión albergando falsas esperanzas cada vez que se abre la puerta de la nevera y un semidesnudo y dubitativo humano escoge una bebida, un pan de molde o un poco de fruta fresca antes que a nuestro arrugado amigo, que cada vez, producto de su depresión y el paso del tiempo, está menos atractivo menos apetitoso y más reseco, resignado a su final. Un día más tarde, de madrugada, la puerta se abre por última vez para él, y en un visto y no visto se precipita de forma violenta al cubo de la basura, donde se encuentra con esas mondas de manzana, ese melón que vivía en el piso de abajo y cuyos agrios lamentos llegaron a desesperarle, ese caducado yogur desnatado que no hacía más que lamentarse de su condición y deprimir al grupo amenazando con el inexorable paso del tiempo y sus agoreros vaticinios para todos y su efímera existencia. Sólo ese medio limón (y ya le vale con lo ácido que era) resistía en su rincón impertérrito ante la rotación del personal y disimulando con la mejor de sus sonrisas cualquier atisbo de moho que sería seguro su perdición. En fin, que la vida del ravioli desechado es realmente una propina, un plus, un regalo que le permite disfrutar unas horas más de reflexión sobre su condición y la levedad de su ser, no sin privarse del privilegio de morir orgulloso de todas sus vivencias, desde su nacimiento en la factoría entre millones de congéneres, su viaje empaquetado, su estancia en la gran superfície, en la que se cruzó con miles de miradas (privilegios de la pasta seca) y su final en el apartamento de verano, un hervor, una festiva cena familiar, un día en el purgatorio bajo cero y un discreto final en el desbordado contenedor. Quiso la suerte que la muerte le sorprendiera abrazado a un pedazo de lasaña en el fondo de una lata semivacía de salsa boloñesa. Pobres de nosotros los que nos quejamos de nuestros mundanos problemas sin pensar en la inmensa suerte de no haber nacido raviolis....

John Leblog
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